No a la guerra.
No he de callar por más mi desconsuelo.
Ni un golpe ya de frente contra el muro,
ni elevaré mis ojos a tu cielo.

Las alas de tu fe, por cielo oscuro
inútilmente baten y se agotan
buscando ese horizonte ya inseguro

que no tenga cabida a los que azotan
en nombre de la paz o el desvarío
y en huracan de sangre se derrotan

causando siempre cruel escalofrío.
Relamen las heridas y los muertos
y al mundo precipitan al vacío.

Tan solo de gusanos ya cubiertos,
dormitan los más fétidos despojos
en amasijo cruel de desconciertos...

No tienen ya más lágrimas sus ojos
y el grito desolado de la guerra
no deja en esta tierra más que abrojos

e infunde repugnancia y nos altera
¡Y tanta gente queda indiferente!...
¡Qué lejos ya tus pasos de la tierra!

¡Más donde estás buen Dios! ¿Qué es de tu gente?
Quizás acaso el cielo está vacío
y ante el silencio al rezo a ti clemente...

¿A quién temer? Ya solo ante el hastío...
Y ronca y de razones despojada...
La gente rota grita...¡Todo es mío!

No dejes que esa turba alborotada
arraigue sobre el crimen y la inquina
ni ensalce con la fuerza de su espada

más idolos que impongan su doctrina
al hierro de su cólera vertido,
a la paz del fusil que los domina
ni al credo que al nacer, han convertido.

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